¡EL DÍA QUE PARÍ A MI MADRE!

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CARTAS DE UNA CUIDADORA Y EL ARTE DE CUIDAR, AMAR Y SANAR·MIÉRCOLES, 14 DE AGOSTO DE 2019·
EL DÍA QUE PARÍ A MI MADRE
He escuchado miles de veces lo que significa ser mamá, y con ello, la alegría de quedar en cinta y el ser madre desde aquel mismo momento, los malestares del embarazo, las angustias y preocupaciones por la criatura que se está gestando, la incertidumbre del gran día del nacimiento y la emoción de los preparativos para el recibimiento, sobre los dolores de parto, y lo que se siente dar a luz un hijo, y posterior a todo éste carrusel de emociones y sentimientos, el impactante y alegre acontecimiento de traer a la vida a un nuevo ser, después de los normalmente nueve meses de gestación.
Digo que he escuchado, pues no he tenido la experiencia de gestar un bebé por nueve meses y parirlo, pero aun así puedo asegurar que soy mamá, pero ¿cómo? se preguntarán, pues bien, soy la madre de una mujer de 75 años, sí, leyeron bien, y aunque suene confuso, el 23 de enero pasados cumplió 18 años de ser bebé, y yo de ser madre de mi madre.
Esta gestación, a diferencia de las normales de nueve meses, tuvo una gestación de un mes, no se gestó en mi vientre, sino en la cama de un hospital, no estuvo conectada a un cordón umbilical, sino a varias manguerillas y tubos, no dependía de mi organismo para sobrevivir, sino de aparatos que la mantenían con vida, mientras parecía dormida a la vista de cualquiera, pues como un bebé que descansa y está abrigado en el útero de su progenitora, mi madre yacía en un coma profundo del cual nadie daba esperanzas, por el contrario fue desahuciada, como un bebé que quieren abortarlo para no dejarlo nacer.
Quedé en cinta la noche del 22 amanecer 23 de enero de año 2001, no hubo un romántico caballero que me enamorara y me sedujera, sino una noche fría y temerosa la que atestiguó lo vivido, no hubo cena y vino, sino el fuerte ronquido que me despertó y que provenía de mi madre, no hubo mariposas en el estómago, sino la angustia que desbordaba mi corazón, al constatar lo que tenía ante mis ojos: “mi madre en estado de coma”, no hubo serenata, ni flores, sino un servicio de taxi que me llevó a la clínica con mi madre y una camilla que apareció de la nada para poner por cuna a la que 28 años atrás me había traído a mí al mundo, ahora, en ese preciso instante sentí como duele tener un hijo, sentí como se le ama, pero también como dolía perderlo, sentí la impotencia ante lo desconocido, sentí como el alma se me encogía al ver a mi madre más muerta que viva, sentí como la muerte arranca lágrimas que se hacen cañones que rompen la vida.
Así, que una vez en el hospital, atendida por el cuerpo médico, y después de un mes de estado de coma hipoglicémico, mi madre despertó, contra todo vaticinio, contra toda esperanza, contra toda posibilidad, contra todo médico que solo decía “del coma no saldrá”, contra toda insinuación y sugerencia de “desconéctela, que si por milagro despertara, quedará como un vegetal”.
Pero una vez más constaté que la última palabra la tiene Dios, y entre lágrimas y súplicas, entre promesas, rosarios y una peregrinación al Santuario de la Virgen de Bojacá, entre días sin comer y noches sin dormir y sentada junto a la cama donde reposaba mi madre, clamé al Dueño de la Vida y a su Madre Querida, la Santa Virgen, quien escuchó y atendió mis ruegos, pues una mañana Ella despertó a mi madre, como la mamá que con un dulce beso arrulla a su bebé para darle de comer.
Después de la sorpresa de todos, del “es un milagro” que expresó el médico de turno, de las miles de recomendaciones y citas que programaron por consulta externa para mi madre, una vez dada de alta, la llevé a casa conmigo, llevé a mi bebé gigante, como dulcemente le llamo, traje conmigo a la que me hizo mamá sin que mi panza haya crecido un centímetro, pero que sí agrandó mi corazón hasta casi sacarlo del pecho, a la que giró mi vida ciento ochenta grados, para darme el regalo diario de cuidar de ella, de entender y vivir a plenitud lo que de verdad es amar y con ello sacrificar, entregar, alimentar, bañar, cocinar, lavar, curar, correr, pelear, estudiar, investigar, buscar, arrullar, abrazar, besar, arreglar, reír, saltar, bailar, comer, no dormir, llorar, padecer, esperar, creer, tener fe, rezar, orar, suplicar, vivir la soledad, conocer el abandono familiar, la necesidad material, sentir el mundo a la espalda, suplicar cada jornada por fortaleza y paciencia, para nunca rendirse, llevarla a la Iglesia, o llevarle el cura a casa cuando ha estado muy mal, en fin, en resumen y como al inicio: el regalo de vivir a plenitud lo que es: AMAR
Así han transcurrido dieciocho años, en los que he debido además ser su seguro social, su fondo de pensiones, su caja de recreación, su psicóloga, su confidente, su terapeuta, su recreacionista, su agente de viajes, su chef personal, su abogada, su defensora de sus derechos, sus dos hermanos, sus otros tres hijos, sus pocas amigas, su padre que falleció muchos años atrás y que a veces lo olvida, su madre con la que jamás se crió pero que aun así a veces me llama mamá, en pocas palabras he sido madre de mi madre, y yo la más feliz de las hijas y de las madres por serlo, porque es la bendición más grande que me ha dado Dios, es mi regalo del Cielo, envuelto con lazo rojo y papel verde, pues es su color preferido, es mi bebé gigante, mi “tesoiro”, y no está mal escrito, pues es un tesoro especial, único e irrepetible, y así lo repite ella como dulcemente se lo enseñé a decir.
El pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, y gracias a Dios y a la Virgen, mi madre cumplió 75 años, gracias al Cielo está muy estable, aunque usa pañal y la demencia sigue su curso, es funcional, come, camina, habla, dibuja, sostiene conversaciones cortas, hace sopas de letras, operaciones matemáticas básicas, juega parqués, cuenta las noticias, en fin, es activa y ahora lo es más, pues gracias a un tratamiento natural que conocí para la mejoría de pacientes con demencia, mi bebé es mucho más dinámica, mantiene más contacto, habla más y razona mejor, está libre de fármacos, ya no está dopada, ni adormecida como antes cuando estuvo por 15 años con fármacos, pues desde que le diagnosticaron “demencia metabólica órbito frontal (frontotemporal) como secuela del coma hipoglicémico”, me di a la tarea de instruirme sobre las demencias y manejo de pacientes y talleres para cuidadores, también me di a la tarea de leer e investigar sobre tratamientos alternativos que mejoraran la calidad de vida del familiar, y bueno gracias al Cielo todo lo que he ido aprendiendo de forma autodidacta, de otros cuidadores y de las instituciones, ha servido para que mi hija esté tan bien como lo está con todos los cuidados, atenciones, tesón y amor con el que Dios ha permitido que cuide a mi madre Melba.
Es por todo lo anterior que desde esa luna del 23 de enero, no ha habido un solo sol, hasta el día de hoy, que no haya rogado y agradecido a Dios y a la Virgen por haber vuelto a la vida a mi madre, y opacar la imagen dormida de ella en coma, en su cama, como la hallé aquella madrugada, para una vez despierta, festejar el día que parí a mi madre.
Jéssica Alexandra Sánchez Caicedo

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